Hubo una época antes del algoritmo, antes del like por compromiso, en la que conectarse a otros no era automático ni superficial. No había notificaciones, ni timelines infinitos: sólo líneas telefónicas, módems chirriantes y voluntad. Se llamaban BBS. Bulletin Board Systems. Catedrales digitales levantadas por manos anónimas en madrugadas solitarias.
No buscábamos aprobación, buscábamos conexión. Uno posteaba crackz y conspiraciones, instaladores de Slackware en disquetes y textos llenos de rabia. No había emojis: había mayúsculas enfadadas, párrafos densos y respuestas que daban pelea. El diálogo era crudo, militante, sin filtros. ANSI art era estética de guerra. Cada firma, un grito pixelado en medio del vacío.
Las BBS no eran redes para manipularte, eran redes para encontrarte. No te rastreaban. Te invitaban. No se monetizaban. Se compartían entre iguales. Había alma porque había propósito: escapar, crear, resistir. Todo desde una PC 486 sobrecalentada, en un cuarto donde sonaba el ventilador y reinaba el caos hermoso de lo posible.
Hoy sustituimos todo eso por plataformas impecables que venden simulacros. Los jardines están vallados. Sonríes para sobrevivir. Te validas por cifras que no entiendes. Sigues a otros esperando que te sigan. ¿Quién está a cargo del feed? ¿Quién decide a quién ves?
Es hora de recordar. Y no por nostalgia, sino por necesidad. La red puede ser otra vez refugio, trinchera y taller. Aquella primera red social tenía ruido de módem y alma. Quizás la próxima aún pueda tener memoria.



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